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sábado, 20 de mayo de 2017

El salvador

¡Feliz sábado!
Hoy continúo con Alán y su hija Nadia para cumplir el reto 4 de Literup: "escribe una historia en la que salves la situación con un mayúsculo deus ex machina".
Se supone que es algo a evitar, así que desde ya pido perdón. No es que yo quisiera, es que me han obligado.
¡Pasen y lean!

El salvador
El timbre anuncia el final de la jornada escolar. Nadia permanece sentada, como si la hubieran fijado con clavos a la silla. Oye las risas quedas de ese grupo de compañeros. Salen con naturalidad, con prisas y gritos, pero ella sabe que no irán muy lejos. La van a esperar, y no porque la aprecien.
—Vamos, Nadia —la apremia el profesor—. Es hora de ir a casa.
«Eso será si me dejan llegar», piensa la niña, que se limita a asentir y guardar sus libros con lentitud. Si tarda mucho, tal vez se cansen y la dejen tranquila.
Antes era todo más sencillo. Pero desde que llegó ese niño nuevo, la tiene tomada con ella.; y, por extensión, sus amigos. Nadia le comentó en una ocasión el problema a su padre, pero él casi nunca le presta atención. En aquella ocasión, asintió distraído y sugirió que tal vez al niño nuevo le gustaba Nadia., y que por eso la molestaba.
Qué estupidez. Si te gusta alguien, no le haces la vida imposible. No lo amenazas, ni lo golpeas, ni lo haces correr cada tarde bajo una lluvia de piedras.
Está preparada para la pesadilla diaria. Abandona el aula, el edificio, y antes de oír sus gritos y risotadas, ya ha echado a correr. Nadia es bastante rápida, pero estos niños son muy insistentes. Hoy se han organizado mejor. Cuando ella se dispone a doblar la esquina, un par le cortan el paso. Nadia improvisa una ruta alternativa.
Han llegado al río. Llegan las temidas pedradas. Hoy se ensañan con especial crueldad; tal vez creen que los ha acusado ante el profesor. Nadia grita, les ordena que paren, les suplica. Retrocede hasta la orilla, resbala y se precipita a las aguas.
Un par de manos firmes y familiares la sujetan. Aturdida, Nadia siente que la sacan del río y la dejan con suavidad sobre la tierra, a salvo. Una voz que conoce bien grita furiosa, y sus perseguidores lanzan exclamaciones de sorpresa y miedo. Nadia intenta comprender qué pasa, ya que la situación no tiene sentido:
—¿Papá?

Tras obtener la máquina del espacio-tiempo, me prometí que nunca la usaría. Durante años permaneció escondida en lo más profundo de mi armario, en un baúl cerrado con llave. Solo una cosa podía llevarme a desempolvar el aparato y ponerlo en marcha. En el momento en el que me llamó la policía para informarme de que habían encontrado a mi hija ahogada, no vacilé. Debía salvarla y asegurarme de que esos canallas no volvían a molestarla.
Fue complicado explicarle cómo había sabido que estaba en apuros, y sobre todo por qué no debía preocuparse por el cadáver de ese otro Alán que encontramos en nuestra bañera. No es fácil que alguien entienda que el universo se reequilibra solo cuando uno viaja en el tiempo. Por suerte, Nadia no es tan mayor como se cree, y está dispuesta a aceptar hechos en principio imposibles como éste.

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