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sábado, 18 de marzo de 2017

El mar (parte 2)

De nuevo, ¡feliz sábado!
Digo de nuevo, porque esta es la segunda parte de una entrada anterior que he publicado hoy mismo. Sí, a veces soy así de prolífica. Solo a veces, y parece ser que coincide con los días que más cosas tengo que hacer.
El relato de esta entrada, "En el mar", es la continuación del de la anterior, "Hacia el mar". Ambos tienen sentido de forma independiente, pero es mejor leer ambos como un conjunto. De hecho, los he separado para seguir las reglas de los 52 retos de LiterUp/ELDEEste texto sigue la premisa 23: tengo que comenzar con "nada, no le queda nada”.

No podía, ni quería, dejar a un personaje en medio de la inmensidad marina sin más; y por si, después de leerlo alguien se lo pregunta, sí; la isla que aparece en este relato es la misma del relato de "El gato en el Draquipélago", unos siglos más tarde (los que no sepáis de qué hablo, ya estáis tardando en conseguir la antología donde figura, La isla del Escritor).
¡Pasen y lean!


EN EL MAR
Nada, no le queda nada. Solo el mar en el que se ha sumergido, y que espera que pronto le arrebate la vida, lo único que tiene y no quiere. Está sola, sin nada y sin intención de nadar en las aguas negras con sabor salado. Ignora el frío, que recibe como un abrazo amistoso, el primero que le ofrecen en años.
Algo roza sus pies calzados, sus piernas vestidas. Agacha la mirada y distingue un banco de peces. Sonríe con tristeza y piensa en los amigos que perdió, de los que se desprendió como si de un vestido viejo se tratasen.
Se adentra más y más en el océano. Los peces no se alejan, sino que la rodean, y a cada momento aumentan en número. En un arrebato de locura, la mujer cree que la pretenden acompañarla en sus últimos momentos de vida. Tras una vida solitaria, quizá, solo quizá, se lo merezca.
Enseguida sacude la cabeza y se regaña a sí misma; no, su soledad se la ha buscado ella, no merece nada más que un aislamiento eterno.
No obstante, ya es innegable que los peces han acudido por ella, y que no tienen intención de marcharse. El agua ya debería haber cubierto su cabeza, pero no lo ha hecho. La mujer se percata de que los animales no solo se hallan a su alrededor, sino que también están bajo ella. Soportan su cuerpo, evitan que se hunda, y la mantienen con el líquido al nivel de los hombros.
No da crédito, piensa que sueña. Les pregunta qué está pasando; mientras, por dentro, se siente loca y estúpida, todo a la vez. Los peces no responden. Su reacción es un imprevisto acelerón, inaudito en unos animales tan pequeños. Transportan con sigo a la mujer por el ancho océano, a una velocidad tal que el viento la golpea en el rostro con violencia. Se ve obligada a protegerse los ojos con las manos.
Siente que la arrojan, y cae sobre tierra firme. Aturdida y mareada, permanece unos momentos sobre la arena, inmóvil. Trata de entender lo que pasa, pero es inútil. Parece que la naturaleza ha enloquecido. Por alguna razón que se le escapa, le ha salvado la vida. No es lo que quiere. Se siente fatal, no merece seguir en este mundo.
Oye una suave voz que no comprende. Gira la cabeza para descubrir quién habla. Es un niño, no tendrá más de diez años. Viste una sencilla túnica que algún día fue blanca, y que ahora luce manchas imborrables de barro verdín y a saber qué más. El pequeño parece asustado e intrigado a un tiempo. La mujer emite un balbuceo que ni ella misma entiende. El niño frunce el ceño, tal vez esté aturdido. Se encoge de hombros, sonríe y le tiende la mano.
Ella se la estrecha, temblorosa. El simple contacto la reconforta; puede notar una oleada de calor que no solo aleja el frío causado por el viaje marítimo, sino las sombras de su mente y su corazón. Cierra los ojos, respira hondo y deja caer las lágrimas que ha reprimido durante años. El confuso niño duda unos momentos. La abraza, y así permanecen durante unos minutos que a ella le parecen años; todos los que querría recuperar para cambiar sus actos, a los que regresaría para salvar a su amigo.

Es tarde para ellos, pero puede que para ella no lo sea todavía. Cuando se separa del niño, este le tiende un pañuelo con gesto amable. La mujer se seca las lágrimas y agradece el gesto con un asentimiento. El pequeño toma de nuevo su mano, y la conduce tierra adentro, hacia su hogar, el que, con suerte, podrá ser el de ella a partir de ahora.

4 comentarios:

  1. Precioso relato, no me esperaba ese final. Me ha gustado la idea de empezar de nuevo.

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    1. ¡Gracias! Me compadecí de la pobre, estaba tan arrepentida... :)

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    2. ¿Habrá tercera parte?
      PD: Tengo pendiente leer la Isla del Escritor.

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    3. Pues en principio no... pero nunca se sabe cuándo pueden reaparecer viejos personajes... ;)

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