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sábado, 10 de junio de 2017

Noticias que impactan

¡Feliz sábado!
Hoy confieso que tenía pensado publicar otro relato que tengo preparado. Pero ayer leí una noticia que me llevó a pensar en otro de los retos de LiterUp, en concreto el 13: "escribe un relato inspirado en una noticia que hayas leído esta semana".
La noticia en concreto constaba de este titular (podéis leerla completa haciendo click): "Hasta 200 gatos envenenados en una localidad al sureste de Francia"
Por supuesto, el hecho de que fueran gatos ayudó bastante, y también que el personaje de Alán sigue en mi cabeza. De modo que escribí el texto que traigo a continuación.
¡Pasen y lean!

La detención
Qué paradójico, pensar que fui yo quien dio la noticia sobre el misterioso asesino de gatos. Si hubiera sabido que pasaría esto, quién estaba detrás, habría tomado cartas en el asunto.
Camino esposado hacia el coche de policía. Dos agentes me escoltan. Menos mal que Nadia está en el colegio; no creo que sea agradable para una niña ver cómo detienen a su padre. Intento razonar:
—Se lo repito, ha habido un error. Me han tendido una trampa.
—Las pruebas son más que evidentes. —Gruñe el de mi derecha. Tiene razón, y no me atrevo a replicar. No serviría de nada señalar que por supuesto, que sino no sería una trampa.
El verdadero criminal lo ha calculado todo a la perfección para inculparme a mí. Es inútil que insista. Si al menos tuviera conmigo la máquina, podría escapar. Pero mi enemigo también ha tenido eso en cuenta; ha planeado que me atrapen en la oficina, de modo que no puedo hacer uso de ella.
Abren la puerta del coche para que entre. Antes de que se cierre ante mis narices, lo veo; encaramado a un tejado, el gato del director me mira con maldad. Estoy seguro de que sonríe, incluso creo que me ha sacado la lengua. Un escalofrío me recorre el espinazo. Sabía que este gato era perverso, pero no hasta el punto de asesinar a doscientos congéneres solo para quitarme del medio.


sábado, 3 de junio de 2017

¿Moralizamos?

¡Feliz sábado!
Ya va quedando menos para las vacaciones, ¿eh? Como muchos estamos aún trabajando y/o estudiando duro, el relato de hoy es breve.
Se trata del reto 36 de Literup: "haz una historia que tenga al final una frase moralizante a modo de fábula".
No soy yo muy de moralejas, aquí he hecho lo que he podido. Por lo menos, no os robará mucho tiempo.
¡Pasen y lean!

Qué bien huele. Me muero por probar su sangre. Tanta es la pasión que despierta en mí esta joven de nívea piel y sonrojadas mejillas, que no me he separado de ella en todo el día.
A pesar de que sé ocultarme bien cuando me lo propongo, ella se ha percatado hace rato de mi presencia. Qué más da. No logrará librarse de mí con facilidad, mi obstinación por catarla podrá más que sus vanas protecciones.
Me la encontré esta mañana, mientras emprendía un vuelo matutino. Enseguida me sentí atraída por su fragancia, prometía un sabor delicioso. Me acerqué a ella por la espalda, pero se movía demasiado y no pude conseguir mi objetivo.
Lo bueno se hace esperar, dicen. Desde luego, en este caso es cierto. A lo largo del día se las ha arreglado para privarme de mi satisfacción. Es muy activa, y no parece ser de las que se dejan morder como si nada. Intentar un ataque ahora supondría un riesgo innecesario.
Pero soy paciente. Ha anochecido, y la joven va a dormir. Cuento con que baje la guardia, y aprovecharé ese momento para probar su sangre.
Ha apagado la luz, lo que para mí no es un problema. Me aproximo, excitada ante lo que se avecina. Me poso sobre su brazo desnudo.
¡PAF!

Pues no estaba dormida. Ya me lo advirtieron; que la vida del mosquito es breve, y si no quieres que lo sea más, no debes molestar a la gente.

sábado, 20 de mayo de 2017

El salvador

¡Feliz sábado!
Hoy continúo con Alán y su hija Nadia para cumplir el reto 4 de Literup: "escribe una historia en la que salves la situación con un mayúsculo deus ex machina".
Se supone que es algo a evitar, así que desde ya pido perdón. No es que yo quisiera, es que me han obligado.
¡Pasen y lean!

El salvador
El timbre anuncia el final de la jornada escolar. Nadia permanece sentada, como si la hubieran fijado con clavos a la silla. Oye las risas quedas de ese grupo de compañeros. Salen con naturalidad, con prisas y gritos, pero ella sabe que no irán muy lejos. La van a esperar, y no porque la aprecien.
—Vamos, Nadia —la apremia el profesor—. Es hora de ir a casa.
«Eso será si me dejan llegar», piensa la niña, que se limita a asentir y guardar sus libros con lentitud. Si tarda mucho, tal vez se cansen y la dejen tranquila.
Antes era todo más sencillo. Pero desde que llegó ese niño nuevo, la tiene tomada con ella.; y, por extensión, sus amigos. Nadia le comentó en una ocasión el problema a su padre, pero él casi nunca le presta atención. En aquella ocasión, asintió distraído y sugirió que tal vez al niño nuevo le gustaba Nadia., y que por eso la molestaba.
Qué estupidez. Si te gusta alguien, no le haces la vida imposible. No lo amenazas, ni lo golpeas, ni lo haces correr cada tarde bajo una lluvia de piedras.
Está preparada para la pesadilla diaria. Abandona el aula, el edificio, y antes de oír sus gritos y risotadas, ya ha echado a correr. Nadia es bastante rápida, pero estos niños son muy insistentes. Hoy se han organizado mejor. Cuando ella se dispone a doblar la esquina, un par le cortan el paso. Nadia improvisa una ruta alternativa.
Han llegado al río. Llegan las temidas pedradas. Hoy se ensañan con especial crueldad; tal vez creen que los ha acusado ante el profesor. Nadia grita, les ordena que paren, les suplica. Retrocede hasta la orilla, resbala y se precipita a las aguas.
Un par de manos firmes y familiares la sujetan. Aturdida, Nadia siente que la sacan del río y la dejan con suavidad sobre la tierra, a salvo. Una voz que conoce bien grita furiosa, y sus perseguidores lanzan exclamaciones de sorpresa y miedo. Nadia intenta comprender qué pasa, ya que la situación no tiene sentido:
—¿Papá?

Tras obtener la máquina del espacio-tiempo, me prometí que nunca la usaría. Durante años permaneció escondida en lo más profundo de mi armario, en un baúl cerrado con llave. Solo una cosa podía llevarme a desempolvar el aparato y ponerlo en marcha. En el momento en el que me llamó la policía para informarme de que habían encontrado a mi hija ahogada, no vacilé. Debía salvarla y asegurarme de que esos canallas no volvían a molestarla.
Fue complicado explicarle cómo había sabido que estaba en apuros, y sobre todo por qué no debía preocuparse por el cadáver de ese otro Alán que encontramos en nuestra bañera. No es fácil que alguien entienda que el universo se reequilibra solo cuando uno viaja en el tiempo. Por suerte, Nadia no es tan mayor como se cree, y está dispuesta a aceptar hechos en principio imposibles como éste.

sábado, 13 de mayo de 2017

¿Dónde van las mascotas?

¡Feliz sábado!
Hoy continúo con la historia de Alán que comencé la semana pasada, pero desde una perspectiva diferente. El reto 6 de Literup dice que describa una escena de un relato "pensando en una fecha significativa" para mí, y que traslade "esas emociones" a los personajes.
Ya hablé una vez de lo mal que me sentí cuando mi mascota de infancia desapareció, sobre todo porque intuía que los adultos no me estaban contando toda la verdad. Hoy me he basado en esas emociones para contar esta historia.

Chimpo
Es invierno. En las calles hace frío, por lo que nadie se queda a jugar tras las clases. Nadia preferiría pasar más tiempo con sus compañeros, pero la consuela pensar que Chimpo la espera en casa. Siempre que llega a casa, su perro corre a recibirla. Cuando Nadia está triste, él juega con la niña, le pide mimos, o se los da él. Salen a pasear cada día, y echan carreras por el parque del barrio.
Hoy algo es diferente. La recibe el silencio. Chimpo siempre araña la puerta en cuanto siente su olor en las escaleras, pero hoy el único ruido que oye es el de sus propias llaves.
La casa está vacía. Nadia piensa que tal vez su padre ha llegado antes y ha salido a pasear con el perro. Es raro; Alán siempre trabaja hasta tarde, y solo saca a Chimpo por las mañanas. Pero es la única explicación que se le ocurre.
No vuelven; solo cuando es de noche aparece su padre a la hora de siempre. En cuanto entra, solo, Nadia le pregunta si sabe dónde está Chimpo. Alán suspira con tristeza.
—De eso quería hablarte.
Su tono hace que Nadia trague saliva. Se avecinan malas noticias.
—¿Qué ha pasado?
La niña llora antes de saber la verdad. Su padre se sienta con ella en el sofá. La abraza.
—¿Recuerdas ese malvado gato del que te hablé? Él y sus compinches han secuestrado a Chimpo. Es tan listo que ha escapado, pero para que no lo atrapen de nuevo, ha tenido que irse muy lejos, fuera del país.
Nadia contempla a su padre con ojos llorosos.
—¿Otra vez con tu estúpido cuento de los gatos? Papá, no soy una cría. Reconócelo, Chimpo está muerto.
(...)
Cómo me duele que mi hija Nadia sufra. Ojalá pudiera demostrarle que mi "estúpido cuento" es cierto. Pero tengo miedo de que intente usar la máquina y se meta en problemas, sobre todo, con esos gatos psicóticos sueltos. Yo mismo me he prohibido utilizarla. Así que, por su bien, asiento y dejo que crea en la posibilidad más racional y triste: que Chimpo no ha tenido que huir de ningún felino perturbado, sino que ha muerto.

sábado, 6 de mayo de 2017

Conozcamos a Alán

¡Feliz sábado!
Hoy presento a un personaje que usaré en otros relatos, y que hoy introduzco con el reto 45 de Literup: "crea un relato que contenga una escena en la ducha".
La verdad es que la escena en la ducha casi no tiene importancia, pero está ahí, que es lo que cuenta. Espero que os guste, ya que pronto volveremos a encontrarnos a Alán en otras historias.
¡Pasen y lean!

La máquina de Alán

El café esta mañana sabe a rayos. Me aseguro de que mi hija Nadia no me mira y lo escupo en el fregadero. Camino hacia el baño entre maldiciones quedas. No hay peor forma de empezar la jornada que un mal café. Mientras el agua de la ducha resbala por mi cuerpo, me asalta el convencimiento de que no mejorará.
Me llamo Alán y soy periodista. Hasta hace poco era uno más, en busca de un trabajo en este país de intrusistas, a ser posible, uno que me permitiese practicar mi libertad de expresión sin rendir cuentas a nadie.
Fue misión imposible, claro. Lo más parecido que he encontrado al trabajo de mis sueños es este empleo de redactor en el periódico local. Yo, que soñaba con desvelar intrincadas tramas de corrupción, de denunciar al mundo las injusticias y abusos de los poderosos, tengo que conformarme con cubrir eventos tan apasionantes como los plenos del ayuntamiento o la feria de la miel. No digo a dónde los mandaría a todos si no tuviese otra boca que alimentar.
Sí, soy un quejica, al menos tengo trabajo. Pero no es mi culpa; el mal café me pone de muy mal humor.
Me visto y llevo a Nadia al colegio. Su parloteo infantil me anima un poco, aunque no logro prestarle la atención que ella merece. La dejo en la fila con sus compañeros y me preparo para correr a la inauguración del nuevo estadio, la cual me toca cubrir hoy. Algo me detiene.
Allá a lo lejos, el director grita al que imagino que es un profesor. Parece fuera de sí, mientras que al otro casi se le saltan las lágrimas. Otros padres miran de reojo, nadie parece creer oportuno intervenir. Yo vacilo, pero no puedo evitar acercarme con disimulo. Dejo que una columna del patio oculte mi presencia, y consigo escuchar lo que exclama el director:
—¿Crees que soy idiota?
—No, señor, lo siento, señor, no me di cuenta...
—No te creo. Intentas perjudicarme, pero no te lo voy a permitir. Ahora mismo vas y me lo traes. Si no, ya sabes lo que pasará.
Mi viejo instinto investigador se despierta, lo noto. Esa amenaza parece grave, aunque no sé aún en qué consiste. Sí, he dicho aún. Me olvido de la estúpida inauguración y presto total atención a los dos hombres. El profesor balbucea:
—Pero es un bar, estará cerrado.
—Pues rompe las ventanas. Estos humanos, no tenéis ninguna iniciativa.
Creo que no he entendido bien esa última frase; pero la simple posibilidad de que mis oídos no me hayan engañado basta para que me disponga a seguir al tembloroso hombre. Empiezo a dudar que sea un profesor, no me suena su cara.
Echamos a andar. Camino a lo lejos, con la distancia necesaria para que no se percate de mi presencia, pero sin perderlo de vista. Salimos del colegio, en dirección a las afueras. El hombre dirige de vez en cuando miradas nerviosas a su alrededor. Puede que, después de todo, haya notado que le sigo.
Se detiene ante un club nocturno, que a estas horas no ha abierto sus puertas. Temo que intente seguir las instrucciones de su jefe, y activo la cámara de mi teléfono para estar preparado.
—Por favor, necesito que me ayude.
Doy un respingo. El hombre me mira a los ojos con aspecto triste. No puedo escaquearme, por lo que doy un paso al frente.
—¿Está bien? —le pregunto, confuso. Él niega con la cabeza.
—Sé que lo ha oído todo. Soy bastante observador, aunque no lo parezca.
Es evidente que no sirve de nada disimular. Asiento.
—No entiendo lo que pasa. ¿Es usted un amigo del director del colegio?
Ríe sin ganas.
—Ése no es el director, caballero. Es un gato.
Esto se pone más interesante, si cabe. El hombre está loco, pero como no parece peligroso, replico:
—Yo creía que los gatos eran pequeños y andaban a cuatro patas.
El otro se me acerca.
—Mire, no tengo mucho tiempo. Si tardo, pensará que le he desobedecido, y me matará. Tiene que ayudarme, amigo.
Está desesperado. Se siente amenazado, no sé si por un motivo real o no; intento tranquilizarlo:
—Le ayudaré en lo que pueda.
Sonríe agradecido.
—Verá, yo soy científico. Llevo años trabajando en una máquina para viajar en el espacio-tiempo. Ellos saben que lo he conseguido, y quieren que se la entregue.
—¿Ellos?
—Los gatos. Son más listos de lo que pensamos, mucho más. Recuerdan que en el Antiguo Egipto los consideraban dioses, y quieren volver y cambiar la Historia para que los sigan, sigamos, adorando y sirviendo.
Habla con tanta convicción que temo que llegue a creérmelo yo también. Ha llegado el momento de cortar la conversación:
—No digo que no tenga sentido lo que dice, amigo, pero...
—La pasada noche, el gato del director se coló en mi laboratorio. Se tomó una de mis pastillas experimentales; no una al azar, sabía bien que aquella lo convertiría en su amo. Robó mis llaves, amenazó con matarme si no le entregaba la máquina. Les dije que estaba en mi segundo laboratorio, y esta mañana, cuando usted nos ha visto, que la había perdido en este bar. Por suerte, no saben qué aspecto tiene y se lo creyó.
—¿No fue así, entonces? —deduzco. De inmediato, me regaño por seguirle la corriente. El hombre saca un objeto pequeño de su bolsillo, y me lo tiende con pulso tembloroso. Parece un reproductor de mp3 de los antiguos.
—Yo volveré y le diré que la máquina ya no estaba. Usted debe tenerla y usarla, amigo.
Cojo el aparato. Es más pesado de lo que parece. Le doy vueltas en la mano, pero no encuentro los puertos para conectar cascos o cargador; solo es una superficie lisa, con una pantalla y cuatro botones. Lo miro de nuevo:
—¿Ha dicho usarla?
—Tiene que ir a la una de la madrugada e impedir que ese gato entre en el laboratorio. —Me entrega su tarjeta, en la que además de un nombre y titulación impronunciables, está escrita su dirección—. Por favor, sé que me matará cuando vuelva con las manos vacías.
Intento replicar, convencerle de que es imposible que este aparato me lleve al pasado. Pero él consulta su reloj, lanza un gemido, y echa a correr.
Me quedo parado, con la tarjeta y el objeto en la mano. Vuelvo a estudiar éste; no sé cómo se supone que funciona. Aprieto botones al azar, hasta que la pantalla se ilumina. Aparecen la fecha y hora actuales, y también la latitud y longitud en las que me encuentro. Sospecho que este hombre me ha entregado un GPS.
Pero, ¿y si no fuese así? Su historia es una completa locura, y sin embargo, un impulso infantil me lleva a modificar los datos del aparato, hasta fijarlos en el momento y lugar que el científico me ha indicado: su laboratorio, la 01 de la madrugada.
Alzo la vista y retrocedo, sobresaltado. De repente es de noche y no sé dónde estoy. ¿O sí?
Ante mí hay un edificio ruinoso, de cuyas ventanas escapa una luz mortecina. La puerta parece roída por la carcoma. Contemplo con pasmo el aparato en mi mano, mientras el corazón bombea con fuerza. Todo era cierto; o será cierto.
Un bufido me recuerda por qué he venido. Me giro y descubro al gato más grande y majestuoso que he visto nunca: peludo, atigrado y, creo, con cara de malas pulgas. Tiene que ser el del director.
Hago un amago de ataque con la intención de espantarlo. No funciona; el animal maúlla con desdén y avanza hacia una ventana abierta.
No puedo permitirlo, pero soy incapaz de dañar a un animal. Intento sujetarlo, pero de un doloroso zarpazo se libra de mí y entra en el edificio. Presiono el timbre, que no funciona; golpeo la puerta con los puños, hasta que sin querer la rompo. Resignado, me adentro en la lúgubre estancia.
Apesta a polvo y químicos. En un rincón distingo un jergón, en el cual ronca el científico. A su alrededor, las probetas burbujean y las máquinas emiten chispas. Busco al gato con la mirada, pero está demasiado oscuro a pesar de la bombilla de una única lámpara. Por fin lo localizo, encaramado en una estantería. Estará en busca de la pastilla.
Me odio a mí mismo cuando me saco un zapato y lo arrojo contra el animal. Oigo cómo bufa, al tiempo que un frasco se rompe y derrama su contenido. El gato se abalanza sobre mí, y ya no puedo ver nada más que sus zarpas.
La explosión consigue que el felino detenga su ataque y huya. Yo soy más lento, ya que tengo sangre en los ojos y no veo bien. Intuyo que el producto derramado ha entrado en contacto con algo que no debía, ya que de pronto a mi alrededor todo es fuego y humo.
Aturdido, sigo mi instinto de superviviencia. Como ya hizo el gato, me escabullo por la puerta destrozada y echo a correr, con la dificultad añadida de calzar solo un zapato.

Despierto a la orilla del río, donde debí desmayarme en algún momento. Ya es de día, y las heridas de mi rostro han dejado de sangrar. En la mano aferro con fuerza la máquina. Recuerdo todo lo ocurrido, y consulto la pantalla. En este momento, debo estar en casa, en la ducha.
Mi teléfono suena. Lo cojo, pero antes de que pueda responder, oigo mi propia voz:
—¿Diga?
—Alán, tienes que venir enseguida a la redacción. Ha explotado un edificio, y nos toca cubrirlo.
—Llevo a mi hija al colegio y voy directo al lugar. Dime la dirección.
Escucho en silencio el nombre de la calle del laboratorio, mientras mi cerebro intenta entender qué pasará ahora que hay dos yos en el mundo. Por lo que parece, ese otro Alán no tiene ni idea de lo que ha pasado. Por un segundo, pienso en la posibilidad de marcharme a otro tiempo y lugar y dejar que el mundo aquí siga su curso. Enseguida la rechazo; no puedo sobrevivir sin Nadia. Tengo que contarle al otro yo lo ocurrido, y llegar a un acuerdo con él. Y tengo que hacerlo antes de que llegue al laboratorio, mientras esté solo. No me apetece dar explicaciones a compañeros y policía.
Calculo dónde estoy. El otro Alán debe pasar por la carretera de este lado del río para llegar al laboratorio. Me planto en el centro de la vía y espero. No tardo en oír el motor de mi coche.
Sí, debería haberlo pensado mejor, pero aún estoy algo aturdido después de lo que he vivido. Al verme, el otro Alán pone cara de susto y da un volantazo demasiado brusco. El coche, mi coche, se sale de la carretera en un violento derrape, y se estrella contra un árbol cercano. Más confuso que asustado, corro hacia el lugar del accidente. Me veo a mí mismo, destrozado tras atravesar la luna del coche, con el cráneo reventado contra el tronco. Turbado, compruebo que yo sigo vivo, y me juro que en adelante usaré siempre el cinturón de seguridad. Saco el cadáver de mi otro yo del vehículo y lo arrastro hasta el cauce. Nadie tiene por qué saber lo que ha pasado. Les diré que he tenido un accidente, pero que he sobrevivido; los arañazos de mi cara corroboran esta mentirijilla, que no lo es tanto si lo piensas; a fin de cuentas, fui yo el que tuvo el accidente.
Me despido en silencio del otro Alán, que se pierde en las aguas, y corro hasta el lugar donde estaba el laboratorio. Hay que trabajar, y si quiero conservar mi vida rutinaria, lo mejor es no levantar sospechas.
La máquina permanece en mi bolsillo.

sábado, 29 de abril de 2017

Tranquilos, no me he ido

¡Feliz sábado!
He tardado en retomar el blog, lo sé, pero he tenido unas semanas muy ocupadas. Ocupadas de verdad, con viajes, grabaciones de reportajes y noches sin dormir. Y que conste que en ningún momento he dejado de escribir (¿cómo podría?). Las sigo teniendo ocupadas, pero por suerte un par de vivencias me han motivado a retomar los 52 retos de Literup (antaño ELDE). He aprovechado esta motivación extra para enfrentarme a uno de los retos que más respeto me causaban: el 2 dice que describa "una escena sensual con una pareja que termina desnuda en la barra de un bar".
Me causaba respeto porque sé que la erótica no es lo mío, ya que me cuesta mucho encontrar las palabras que describan ciertas sensaciones con exactitud. Pero es por esto por lo que existen estos retos, para ayudarnos, para atrevernos.
Lo he intentado, llevándolo un poco a mi terreno, por supuesto. Espero no haberlo hecho del todo mal, pero ya me diréis.
¡Feliz lectura!

La invasión

Cuando nos encargaron la misión a Cov y a mí, pensé que toda la mala suerte del universo se había conjurado en mi contra. Es casi un desconocido para mí, el novato en el pelotón de conquistas. Yo tengo mucha más experiencia, y por qué no decirlo, inteligencia y condición física.
Ahora me replanteo mis dudas iniciales. No es que en este día y medio que nos ha llevado el viaje a la Tierra me haya acostumbrado a su presencia. Qué va, incluso ha llegado a ser más insufrible de lo que había esperado, siempre con esos aires de sabelotodo.
Ha sido el estilo con el que ha noqueado a estos humanos ebrios, la gracia con la que ha liquidado al tabernero, la elegancia con la que ha torturado a los policías que asomaron para ver qué pasaba.
Sé que a vosotros os costará entenderlo. Por alguna curiosa razón, el sufrimiento de especies inferiores solo gusta a un pequeño porcentaje de humanos, y a esos pocos incluso los tacháis a veces de desequilibrados. Tenéis una mente de lo más extraña; os horrorizáis ante la violencia, cuando es lo único capaz de despertar de verdad los sentidos. Al menos, los de nuestra especie.
Nos hemos quedado solos en este agujero infecto llamado bar, y yo no puedo contener mi deseo hacia Cov. Alargo un tentáculo, con el que acaricio la parte membranosa de su ala derecha. Noto que solo con eso se estremece de placer y anhelo.
Tenemos que volver a la base para reunirnos con los demás, es posible que si no aparecemos vengan a buscarnos. La idea de que nuestro comandante pueda entrar de pronto y pillarnos in fraganti me asusta e incita a partes iguales. El peligro inminente resulta de lo más excitante, pero no tanto como el contacto áspero de los tentáculos de Cov al recorrer mi aura. Roza apenas mi núcleo plasmático, y se me escapa un gemido.
Nos abrazamos, noto la respiración de su hocico al lado de mi núcleo. Dejo que me quite despacio el traje de combate, y yo hago lo mismo con el suyo. Cov huele a sudor de ratas y aliento de cadáver sumergido; me encanta, siento hervir todo mi cuerpo de ansia. Percibo que él, como yo, se muere de ganas de unirse a mí. Nos tumbamos sobre la barra, sin dejar de acariciarnos, de sentirnos. De un mordisco, le arranco la cabeza y me la trago sin masticar. Empujo su cuerpo sin vida mientras me sacudo en pleno éxtasis.
Ya os lo he dicho. Nuestra especie no tiene qué ver con la vuestra, tenemos nuestras propias formas de encontrar placer, y éste siempre viene acompañado de dolor y muerte. Cov debería haber sido más rápido.
bar



sábado, 18 de marzo de 2017

El mar (parte 2)

De nuevo, ¡feliz sábado!
Digo de nuevo, porque esta es la segunda parte de una entrada anterior que he publicado hoy mismo. Sí, a veces soy así de prolífica. Solo a veces, y parece ser que coincide con los días que más cosas tengo que hacer.
El relato de esta entrada, "En el mar", es la continuación del de la anterior, "Hacia el mar". Ambos tienen sentido de forma independiente, pero es mejor leer ambos como un conjunto. De hecho, los he separado para seguir las reglas de los 52 retos de LiterUp/ELDEEste texto sigue la premisa 23: tengo que comenzar con "nada, no le queda nada”.

No podía, ni quería, dejar a un personaje en medio de la inmensidad marina sin más; y por si, después de leerlo alguien se lo pregunta, sí; la isla que aparece en este relato es la misma del relato de "El gato en el Draquipélago", unos siglos más tarde (los que no sepáis de qué hablo, ya estáis tardando en conseguir la antología donde figura, La isla del Escritor).
¡Pasen y lean!


EN EL MAR
Nada, no le queda nada. Solo el mar en el que se ha sumergido, y que espera que pronto le arrebate la vida, lo único que tiene y no quiere. Está sola, sin nada y sin intención de nadar en las aguas negras con sabor salado. Ignora el frío, que recibe como un abrazo amistoso, el primero que le ofrecen en años.
Algo roza sus pies calzados, sus piernas vestidas. Agacha la mirada y distingue un banco de peces. Sonríe con tristeza y piensa en los amigos que perdió, de los que se desprendió como si de un vestido viejo se tratasen.
Se adentra más y más en el océano. Los peces no se alejan, sino que la rodean, y a cada momento aumentan en número. En un arrebato de locura, la mujer cree que la pretenden acompañarla en sus últimos momentos de vida. Tras una vida solitaria, quizá, solo quizá, se lo merezca.
Enseguida sacude la cabeza y se regaña a sí misma; no, su soledad se la ha buscado ella, no merece nada más que un aislamiento eterno.
No obstante, ya es innegable que los peces han acudido por ella, y que no tienen intención de marcharse. El agua ya debería haber cubierto su cabeza, pero no lo ha hecho. La mujer se percata de que los animales no solo se hallan a su alrededor, sino que también están bajo ella. Soportan su cuerpo, evitan que se hunda, y la mantienen con el líquido al nivel de los hombros.
No da crédito, piensa que sueña. Les pregunta qué está pasando; mientras, por dentro, se siente loca y estúpida, todo a la vez. Los peces no responden. Su reacción es un imprevisto acelerón, inaudito en unos animales tan pequeños. Transportan con sigo a la mujer por el ancho océano, a una velocidad tal que el viento la golpea en el rostro con violencia. Se ve obligada a protegerse los ojos con las manos.
Siente que la arrojan, y cae sobre tierra firme. Aturdida y mareada, permanece unos momentos sobre la arena, inmóvil. Trata de entender lo que pasa, pero es inútil. Parece que la naturaleza ha enloquecido. Por alguna razón que se le escapa, le ha salvado la vida. No es lo que quiere. Se siente fatal, no merece seguir en este mundo.
Oye una suave voz que no comprende. Gira la cabeza para descubrir quién habla. Es un niño, no tendrá más de diez años. Viste una sencilla túnica que algún día fue blanca, y que ahora luce manchas imborrables de barro verdín y a saber qué más. El pequeño parece asustado e intrigado a un tiempo. La mujer emite un balbuceo que ni ella misma entiende. El niño frunce el ceño, tal vez esté aturdido. Se encoge de hombros, sonríe y le tiende la mano.
Ella se la estrecha, temblorosa. El simple contacto la reconforta; puede notar una oleada de calor que no solo aleja el frío causado por el viaje marítimo, sino las sombras de su mente y su corazón. Cierra los ojos, respira hondo y deja caer las lágrimas que ha reprimido durante años. El confuso niño duda unos momentos. La abraza, y así permanecen durante unos minutos que a ella le parecen años; todos los que querría recuperar para cambiar sus actos, a los que regresaría para salvar a su amigo.

Es tarde para ellos, pero puede que para ella no lo sea todavía. Cuando se separa del niño, este le tiende un pañuelo con gesto amable. La mujer se seca las lágrimas y agradece el gesto con un asentimiento. El pequeño toma de nuevo su mano, y la conduce tierra adentro, hacia su hogar, el que, con suerte, podrá ser el de ella a partir de ahora.