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sábado, 18 de marzo de 2017

El mar (parte 2)

De nuevo, ¡feliz sábado!
Digo de nuevo, porque esta es la segunda parte de una entrada anterior que he publicado hoy mismo. Sí, a veces soy así de prolífica. Solo a veces, y parece ser que coincide con los días que más cosas tengo que hacer.
El relato de esta entrada, "En el mar", es la continuación del de la anterior, "Hacia el mar". Ambos tienen sentido de forma independiente, pero es mejor leer ambos como un conjunto. De hecho, los he separado para seguir las reglas de los 52 retos de LiterUp/ELDEEste texto sigue la premisa 23: tengo que comenzar con "nada, no le queda nada”.

No podía, ni quería, dejar a un personaje en medio de la inmensidad marina sin más; y por si, después de leerlo alguien se lo pregunta, sí; la isla que aparece en este relato es la misma del relato de "El gato en el Draquipélago", unos siglos más tarde (los que no sepáis de qué hablo, ya estáis tardando en conseguir la antología donde figura, La isla del Escritor).
¡Pasen y lean!


EN EL MAR
Nada, no le queda nada. Solo el mar en el que se ha sumergido, y que espera que pronto le arrebate la vida, lo único que tiene y no quiere. Está sola, sin nada y sin intención de nadar en las aguas negras con sabor salado. Ignora el frío, que recibe como un abrazo amistoso, el primero que le ofrecen en años.
Algo roza sus pies calzados, sus piernas vestidas. Agacha la mirada y distingue un banco de peces. Sonríe con tristeza y piensa en los amigos que perdió, de los que se desprendió como si de un vestido viejo se tratasen.
Se adentra más y más en el océano. Los peces no se alejan, sino que la rodean, y a cada momento aumentan en número. En un arrebato de locura, la mujer cree que la pretenden acompañarla en sus últimos momentos de vida. Tras una vida solitaria, quizá, solo quizá, se lo merezca.
Enseguida sacude la cabeza y se regaña a sí misma; no, su soledad se la ha buscado ella, no merece nada más que un aislamiento eterno.
No obstante, ya es innegable que los peces han acudido por ella, y que no tienen intención de marcharse. El agua ya debería haber cubierto su cabeza, pero no lo ha hecho. La mujer se percata de que los animales no solo se hallan a su alrededor, sino que también están bajo ella. Soportan su cuerpo, evitan que se hunda, y la mantienen con el líquido al nivel de los hombros.
No da crédito, piensa que sueña. Les pregunta qué está pasando; mientras, por dentro, se siente loca y estúpida, todo a la vez. Los peces no responden. Su reacción es un imprevisto acelerón, inaudito en unos animales tan pequeños. Transportan con sigo a la mujer por el ancho océano, a una velocidad tal que el viento la golpea en el rostro con violencia. Se ve obligada a protegerse los ojos con las manos.
Siente que la arrojan, y cae sobre tierra firme. Aturdida y mareada, permanece unos momentos sobre la arena, inmóvil. Trata de entender lo que pasa, pero es inútil. Parece que la naturaleza ha enloquecido. Por alguna razón que se le escapa, le ha salvado la vida. No es lo que quiere. Se siente fatal, no merece seguir en este mundo.
Oye una suave voz que no comprende. Gira la cabeza para descubrir quién habla. Es un niño, no tendrá más de diez años. Viste una sencilla túnica que algún día fue blanca, y que ahora luce manchas imborrables de barro verdín y a saber qué más. El pequeño parece asustado e intrigado a un tiempo. La mujer emite un balbuceo que ni ella misma entiende. El niño frunce el ceño, tal vez esté aturdido. Se encoge de hombros, sonríe y le tiende la mano.
Ella se la estrecha, temblorosa. El simple contacto la reconforta; puede notar una oleada de calor que no solo aleja el frío causado por el viaje marítimo, sino las sombras de su mente y su corazón. Cierra los ojos, respira hondo y deja caer las lágrimas que ha reprimido durante años. El confuso niño duda unos momentos. La abraza, y así permanecen durante unos minutos que a ella le parecen años; todos los que querría recuperar para cambiar sus actos, a los que regresaría para salvar a su amigo.

Es tarde para ellos, pero puede que para ella no lo sea todavía. Cuando se separa del niño, este le tiende un pañuelo con gesto amable. La mujer se seca las lágrimas y agradece el gesto con un asentimiento. El pequeño toma de nuevo su mano, y la conduce tierra adentro, hacia su hogar, el que, con suerte, podrá ser el de ella a partir de ahora.

El mar (parte 1)

¡Feliz sábado!
Hoy me he puesto las pilas. Es curioso, ayer pensaba que en esta ocasión tendría que cancelar la actualización semanal, ya que hoy tengo un día atareado. Pero me he levantado inspirada, y más temprano de lo que tenía planeado, por lo que me he puesto a escribir.
Revisando los 52 retos de LiterUp (antaño conocidos como El Libro del Escritor), he descubierto dos premisas que podrían formar parte de la misma historia, o a mí así me lo ha parecido. De modo que he construido un relato dividido en dos. Para poder cumplir el desafío, no puedo incluir ambas partes en la misma entrada del blog, por lo que aquí os traigo la primera parte, y en la siguiente publicación, la segunda.
El reto para esta primera parte de "El mar" es el 19: "escribe un relato cuyo personaje atormentado solo vea el suicidio como solución".

Los personajes atormentados siempre son una golosina, sobre todo cuando sufren por errores del pasado. Me refiero a la ficción, por supuesto; ni a mi peor enemigo le desearía verse en una situación como esta. Recordad, que esta historia tiene su segunda parte en otra entrada de este blog.
¡Pasen y lean!


HACIA EL MAR
No lo soporta más. Con todo lo que tuvo que hacer para alzar su imperio, y se lo han arrebatado de la forma más cruel; de repente, de forma inesperada, y debido a su propia temeridad en aquella partida de cartas. ¿Cómo es posible que esas pequeñas tarjetas con dibujos y números, en apariencia tan inofensivas, sean capaces de causar tanto daño?
Cuando era joven solo pensaba en crecer, pero no del modo en el que lo entienden la mayoría de los niños. Para ella crecer no significaba ser más alta, más fuerte o más sabia; era alcanzar la oportunidad de dejar atrás su asqueroso barrio, abarrotado de quejumbrosos obreros y niños sucios, todo ello envuelto en un ambiente de podredumbre y pobreza que nunca había soportado.
Hizo lo que fue necesario para conseguir sus objetivos; disimuló su contrariedad al tener que alabar a incompetentes, al agachar la cabeza ante los poderosos, e incluso al traicionar a los suyos.
No se le olvidaba la mirada del que fuera su mejor amigo momentos antes de ser ejecutado. Nunca se ha sentido orgullosa, es un tormento que la tortura desde entonces, por más que se lo haya negado a sí misma durante todo este tiempo. Se ha repetido una y otra vez que no había otra opción, él sabía demasiado sobre su vida, y podía constituir un problema potencial.
Asqueada, se pregunta de qué ha servido todo aquello. Invirtió todos sus esfuerzos en acallar su conciencia, y todo su capital en el entramado de empresas que la catapultaron al lugar exacto donde quería estar: empezaron a invitarla a reuniones y fiestas de élite, figuraba en las listas de revistas económicas, se rodeaba de las personas en teoría más importantes del país.
Todo se había desvanecido, como en un sueño. La culpa era suya y de su casi insolente imprudencia a la hora de apostar. Se ha dejado esquilmar por sus rivales políticos, como una niña a la que le roban su caramelo. Lo peor es que ya no puede considerarlos sus rivales; ha vuelto a ser una diminuta mota de polvo en el camino de esos gigantes sin escrúpulos. Es como cuando era pequeña, con la diferencia de que, entonces, sus familiares y amigos no estaban muertos o encarcelados. Nadie le guardaba rencor ni la odiaba.

Se detiene, cierra los ojos y deja que la brisa marina agite sus cabellos. Tiene ganas de que todo acabe de una vez, de dejar de sufrir. Para eso ha venido. No se preocupa de descalzarse, no le hace falta. Poco a poco, pero sin vacilar, se adentra en el mar nocturno, el cual servirá de descanso a su torturada mente.

sábado, 11 de marzo de 2017

Infidelidad

¡Feliz sábado!
Aunque no sea exactamente "feliz", por lo que nos toca recordar hoy. De todos modos, si estáis aquí es porque sabéis que la lectura puede ayudarnos a evadirnos, al menos por un rato.
Para eso he venido. Seguimos con los 52 retos de El Libro del Escritor/LiterUp. Hoy toca el 42, según el cual tengo que "ser infiel en un relato y describe al detalle las sensaciones de los personajes".


Como suelo hacer, he interpretado la premisa como me ha parecido. No se especifica a quién había de serle infiel, por lo que le he dado una vuelta a la obviedad. Ya entenderéis a qué me refiero cuando lo hayáis acabado.
¡Pasen y lean!

ENGAÑO BAJO LA CANASTA
Camino hacia la facultad con ganas de lanzarme a la carretera y acabar con todo. Me han pillado de la forma más estúpida. Sé que no debía haber ido a aquella cita la pasada noche, pero tenía que aprovechar; Alex iba a estar allí, y Jaime no se encontraba en la ciudad.

Estoy perdida, pero no me arrepiento de lo que hice. Pienso en la sensación de felicidad plena que viví, en las sensaciones nuevas, desconocidas hasta el momento. Es curioso; llevo toda mi vida con Jaime, le he seguido la corriente sin platearme de verdad el porqué; solo por inercia, porque es lo que todos creen correcto, hasta yo lo creía hasta hace poco. Quizá lo que necesitaba era una alternativa en mi vida, algo nuevo y emocionante que me estimulase lo suficiente para estremecerme, que me llevase incluso a gritar de júbilo como si no hubiera un mañana. Nunca había sabido el significado de las palabras pasión y éxtasis, no hasta que me embargaron el sábado durante el encuentro. Esa sensación de plenitud mientras sucedía, esa felicidad al consumarse, es lo que hace que haya valido la pena. Son sentimientos que aunque de momento han pasado, no olvidaré nunca; siempre me acompañarán. Nada ni nadie me lo va a arrebatar, ni siquiera Alfredo, el amigo de Jaime que me descubrió cuando salía del edificio.
No necesitó preguntas para adivinar de dónde venía, ni lo que había hecho; mi ropa, el maquillaje en mi rostro, todo eran señales reveladoras de mi traición. Me miró incrédulo unos momentos. Antes de que pudiese reaccionar, eché a correr.

Entro en clase, y lo primero que me encuentro es un corrillo de chismosos. Ahí está Jaime; me dirige una mirada triste. Alfredo me ve entrar y se cruza de brazos.
—Así que te has dignado a venir.
Lo miro con genuino desdén.
—Tenemos clase, estúpido.
Va a replicar, pero Jaime nos interrumpe. Se dirige a mí:
—Dime que no es verdad.
Su evidente decepción me incomoda. Clavo la vista en el suelo. No quería mentir, pero no se me ocurre nada honesto que decirle.
—No sé qué has oído...
—¡Serás falsa! —exclama Alfredo— ¡Te vi salir del estadio! ¡Con la camiseta de los Lobos! ¡Te pintaste la cara con sus colores!
Me concentro en la pata de la mesa más próxima. El metal brilla bajo la luz mortecina del aula. Nunca me había fijado en lo marrón que es. Marrón, como la camiseta de los Leones, el equipo de Jaime, Alfredo y los demás. Los enemigos de los Lobos.
—¿Y qué pasa? —murmuro, con el ceño fruncido y la cabeza gacha. Una de las chicas bufa.
—No lo niega...
—¿Cómo se atreve?
—Siempre iba con Jaime a ver los partidos. ¡Menuda hipócrita!
—¿Desde cuándo? —susurra Jaime, dolido— ¿Desde cuándo eres hincha de los Lobos?
Vuelvo a desviar la mirada, sin saber qué decir. ¿Cómo explicarle que nunca he sentido de verdad los colores que él percibe como si fueran su propia piel? ¿Que todo era fingimiento, una simple máscara para no defraudarle a él, mi mejor amigo?
—Los Leones no tienen mérito, ganan porque tienen dinero para comprar buenos jugadores —respondo en voz baja—. Los Lobos no son tan buenos, pero lo dan todo. ¿Has visto a Alex, su nuevo pívot? Eso sí es jugar.
El rostro de Jaime se crispa al oír cómo defiendo al equipo rival. Sé que le he hecho mucho daño, y lo siento. Pero no puedo seguir con esa farsa.
Alfredo se adelanta, furioso a causa de mis palabras.
–Son unos perdedores, y su afición, también. Aquí no queremos perdedores.
El grupo me persigue por el pasillo de la facultad. Algunos se giran para mirarnos extrañados, pero nadie me ayuda. Ya en el vestíbulo, me dan alcance. Son seis o siete, no logro contarlos antes de que empiecen a darme la peor paliza de mi vida. Me golpean hasta que casi pierdo el sentido. Cuando por fin llegan algunos profesores y el bedel, y mis atacantes huyen, ni siquiera soy capaz de levantarme.


Hay qué ver hasta qué extremos llegan algunos por defender a su equipo. Habría salido mejor parada si hubiese engañado a mi novio y no a los seguidores de los Leones.

sábado, 4 de marzo de 2017

Clichés

¡Feliz sábado!
Decidme, ¿con todo lo que está pasando en el mundo, no os dan ganas de que surja un héroe que venga a salvar a la humanidad (aunque sea de sí misma)?
Sé lo que estáis pensando; vaya idea más estúpida. Qué queréis que os diga; es culpa del reto 35 de El Libro del Escritor: "utiliza tres clichés de la ficción para hacer un escrito con ellos".

No voy a desvelar cuáles son los tres clichés que he utilizado (de hecho, creo que me he entusiasmado y colado más de tres) para no desvelar la trama del relato. Solo quiero pedir disculpas a los que la historia les pueda parecer manida y poco original; lo es. Pero espero que por lo menos os entretenga durante unos minutos.
¡Pasen y lean!

EL MOMENTO CRUCIAL

La batalla se desarrollaba ante él como una película a cámara lenta. La diferencia entre el cine y aquella lucha era que él debía participar en la misma. No tenía alternativa, ya que solo con su intervención podría salvarse el mundo; tampoco quería otra alternativa. Había aceptado su destino tiempo atrás.
Mientras disparaba su arma con certera puntería, recordaba el momento en el que había empezado todo. Había pasado mucho tiempo, ya no quedaba nada de aquel chiquillo tembloroso, pero nunca se olvidaría de él.
Había perdido a sus padres a la edad en la que son más necesarios que nunca. Sobrevivió a duras penas en las calles de la gran ciudad, hasta la oscura noche en la que fue recogido por Maestro. Por aquel entonces, no tenía ni idea de lo que significaban sus palabras; el anciano hablaba de una profecía que auguraba la destrucción del mundo, y de la necesidad de hacerle frente. El niño solo entendía que aquel hombre misterioso estaba dispuesto a mantenerlo, darle cobijo y comida a cambio de que se entrenase. La necesidad era acuciante, por lo que no se lo pensó mucho; estaba dispuesto a todo.
En la casa de Maestro convivían otros niños y niñas, al parecer elegidos al azar. Eran como él, pero a la vez, distintos; él era distinto. No quería serlo, pero no podía evitarlo. Solo había pasado una semana desde su llegada, y ya manejaba a la perfección todo tipo de armas, desde las de fuego hasta las que se usan en combates cuerpo a cuerpo. Un mes después, a base de escuchar y de colarse sin permiso en la biblioteca secreta de Maestro, conocía todas las técnicas militares existentes.
Los demás pequeños se celaban de sus progresos, e intentaban hacerle daño por todos los medios a su alcance. Se dieron cuenta de que las agresiones físicas no funcionaban, ya que nunca lograban tocarlo, y a menudo ellos salían peor parados. Probaron a insultarlo y marginarlo, lo que al principio fue más efectivo; pero, a la larga, le sirvió también como aprendizaje. Se volvió duro, frío y dejaron de importarle las relaciones humanas.
No había transcurrido un año cuando superó a Maestro en batalla. Hubo un antes y un después desde aquel entrenamiento en el que derribó al anciano y amenazó su cuello con el cuchillo. Entonces, con el rostro impasible, Maestro le había pedido que lo acompañase a la biblioteca secreta.

Sintió una presencia tras él. Con la agilidad que lo había caracterizado siempre, se dio la vuelta. Allí estaba Enemigo, el causante de todo: era también el culpable de la muerte de sus padres, lo único que en realidad le importaba. Sin duda, el villano quería terminar el trabajo que había dejado a medias. No iba a ponérselo fácil.

Maestro le había contado todo lo que sabía sobre la profecía, según él, un tema crucial, para él y para todos:
—Ahora estás preparado —había dicho con solemnidad—. ¿Recuerdas lo que te conté al adoptarte?
Hizo memoria.
—Me habló de Enemigo, el usurpador que, según la profecía, intentará destruir el mundo.
—Está camino de lograrlo —matizó Maestro—. Lo que no te conté entonces es que la profecía habla además de la única oportunidad de salvación. Según los vaticinios, un héroe surgirá para defender la vida, y será el único que tendrá posibilidades contra Enemigo.
—¿Un héroe? ¿Qué héroe?
No olvidaría nunca la sonrisa de Maestro.
—El que pueda derrotar a su Maestro tras siete meses de entrenamiento. Enemigo investigó para saber de quién se trataba, y lo atacó cuando aún era débil. Pero el héroe pudo escapar, aunque por desgracia sus padres no tuvieron tanta suerte.
Al comprender lo que le estaba comunicando el anciano, le temblaron las rodillas; pero supo ocultarlo, porque a los héroes de verdad no se les nota cuando tiemblan.
—Haré lo que pueda —prometió.

Allí estaba, en el momento más crucial de la Historia de la humanidad, con el peor homicida frente a él. Alzó su arma con decisión.
—Aquí acaban tus perversiones —gruñó entre dientes. Enemigo lo miró sin pestañear.
—¿No lo oyes? —le preguntó el malvado con tono de sorpresa.
—No intentes despistarme —le advirtió él—. No podrás sobrevivir a mi venganza.
El asesino puso los ojos en blanco.
—El despertador, cazurro. Vas a llegar tarde.

Se despertó con un respingo. En efecto, la alarma resonaba estridente desde su mesilla. La apagó de un manotazo. Al ponerse en pie se enredó en las sábanas, y a punto estuvo de caer de bruces al suelo. Mareado, se vistió a toda velocidad y se dirigió a la cocina.
—Mira que eres desastre. —Fue el saludo de buenos días de su madre—. Vamos, date prisa, que tengo que llevarte al cole antes de mi reunión. Como llegue tarde por tu culpa...
El niño se sentó a la mesa, aún adormilado, y devoró la leche con cereales lo más rápido que pudo. Mientras salía de casa rumbo a la rutina habitual, apurado por su madre, recordó con nostalgia los breves instantes en los que había estado a punto de salvar al mundo.

sábado, 25 de febrero de 2017

Detrás de las máscaras 🎭

¡Feliz sábado!
Y feliz Carnaval, para aquellos que vayan a celebrarlo... Y a los que no, también, qué demonios.
¿Se nota que me gusta? Pues sí, es una de mis fiestas favoritas. Para una oportunidad que hay de volver este loco mundo del revés, vamos a aprovecharla.
De hecho, hoy quería escribir algo relacionado con el Carnaval, así que he escogido el reto 14 de El Libro del Escritor como excusa: "describe una historia cuyo punto de partida comience con el final de toda la trama. La idea es que tomando el desenlace como inicio hagas un recordatorio de cómo se ha llegado a esa situación".

EL DISFRAZ PERFECTO

Con lo divertido que ha sido siempre el Carnaval, parece mentira que haya pasado algo así. Justo hoy, que mi disfraz es el mejor que he llevado nunca, he tenido que morir de la forma más estúpida. Si lo llego a saber, no me habría molestado tanto para conseguir que quedase perfecto. Vaya un esfuerzo inútil; a un cadáver no le van a dar el premio de la fiesta.
Ah, perdonad. Queréis saber cómo he muerto, y yo aquí, venga a despotricar. Disculpad, pero es que estar muerta es más incómodo de lo que podéis imaginar.
Como os contaba, me preparé durante casi dos meses mi disfraz para la fiesta que organizaban en mi discoteca favorita. El primer premio era un viaje para dos personas a Nueva York. ¿Quién podía resistirse? Quizá vosotros sí, de acuerdo, pero no yo; me encantaba disfrazarme, y, todo hay que decirlo, no se me daba nada mal la elaboración de los trajes y complementos necesarios.
El camarero, que era amigo mío, me avisó con suficiente antelación del asunto de la fiesta para que me diese tiempo a preparar mi mejor disfraz. En esos dos meses no me detuve casi en ningún momento, solo cinco minutos para comer algo, y algunas horas escasas para dormir. Fue un trabajo monumental, que, creía, iba a valer la pena.
El día de la fiesta, me personé en la discoteca con un par de amigos. Los tres íbamos disfrazados, pero no había punto de comparación. El mío parecía salido de otro mundo, tenéis que creerme; no es por falta de humildad. Notaba cómo todos se volvían a mirarme, sus miradas dubitativas se preguntaban si era de verdad un ser humano bajo un elaborado disfraz. Yo me reía por dentro, segura de que iba a ganar.
Saludamos a la gente conocida y nos plantamos en la barra para pedir. Había mucha gente, y con los disfraces, era aún más complicado abrirse paso. Pedí a gritos mi bebida y, a base de codazos hice mi mejor intento para acercarme a pagar. Tenía ya la cartera en la mano, cuando una mano grotesca surgió de la maraña de gente disfrazada y me la arrebató.
—¡Eh! —exclamé, entre incrédula y furiosa. Aunque os parezca mentira, hasta ese momento nunca en mi vida me habían robado, y no pensaba que fueran a hacerlo en aquel momento tan emocionante para mí.
Seguí al ladrón con la mirada. Era fácil reconocerlo, iba disfrazado de ogro. Se dirigió veloz hacia la puerta de la discoteca, y antes de salir, me lanzó una mirada burlona. Fue ese detalle el que me hizo reaccionar de la manera más idiota posible; la rabia no me permitió pensármelo dos veces. Eché a correr tras él.
—¡Oye! —grité al asomar a la calle— ¡Devuélveme mi pasta, o llamo a la policía!
—¡Ven a por ella!
El muy asqueroso se reía mientras corría por la calle. Estaba oscuro, y no había gente fuera porque llovía. Pero me dio igual y lo perseguí.
Se adentró en un callejón, y me alegré; estaba acorralado. Tal vez él pensase que tenía las de ganar contra una chica como yo. Lo que no sabía era que recibí clases de lucha libre durante años. Podía defenderme sin problemas de cualquier ladronzuelo.
—Última oportunidad —le advertí, mientras me acercaba despacio—. Dame mi cartera, y podrás irte.
Él se había quedado plantado en medio de la estrecha calleja. No dijo nada, me miraba sonriente. Por primera vez, caí en la cuenta de que su disfraz también era bueno, muy bueno. Parecía increíble que aquellas protuberancias de la cara verdosa fueran falsas, o que hubiera conseguido simular unos colmillos tan realistas.
—No te la doy. Ven a por ella.
Hasta su voz sonaba cavernosa. Desde luego, era un gran actor, estaba metido por completo en su personaje. Era una lástima destrozar un disfraz tan bueno como aquel, pero no me dejaba elección.
Me lancé contra él, preparada para darle la paliza de su vida. Él me agarró con una fuerza de otro mundo, me arrancó la cabeza de cuajo y se echó a reír de nuevo.
—Qué bien, ¡con el hambre que tenía!
Claro, es que soy imbécil. Con razón su disfraz parecía tan perfecto...

sábado, 18 de febrero de 2017

Feliz no-San Valentín

¡Feliz sábado!
Hoy me da pena no poder asistir a la presentación de Semillas de Bosque, antología en la que participo y que coordina Ignacio Dufour García, amigo y compañero de letras. Es hoy a las 12:00 en la Librería Muga de Madrid, y es conjunta a la de la novela El primer peregrino de Javier Tapia Salas. si alguien puede acercarse que lo haga. No se arrepentirá (y sí, sé que aviso con poco tiempo, mis disculpas por ello).
No hace falta que os recuerde que esta semana ha sido San Valentín, el bombardeo ha sido continuo a lo largo del martes. No es que este hecho me quite el sueño, de hecho no creo que deba haber una fecha específica para demostrar nuestro amor (opino que todos los días deberían estar dedicados al amor, en todas sus formas y no solo el romántico). Pero he querido aprovechar la circunstancia para cumplir con el reto 29 de El libro del Escritor: "escribe una historia de un personaje con miedo al amor".
http://blog.ellibrodelescritor.com/52-retos-de-escritura-para-2017/?utm_content=buffer966d6&utm_medium=social&utm_source=facebook.com&utm_campaign=buffer
Creo que los sentimientos y preocupaciones que describe este texto son bastante comunes en determinadas etapas de la vida. O eso, o yo soy muy rara, lo que no me disgustaría. Lo importante, me parece, es perder el miedo a amar, como dije no solo a tu pareja, sino a familia, amigos, e incluso ciertos desconocidos; porque el amor es lo que hace bonita la vida, ¡demostrémoslo todos los días de la nuestra!
Pasen y lean...

LA CITA

Camino del cine, Cloe meditaba su propósito. No era ninguna cobarde. Solo tenía sus propias ideas, y no iba a renunciar a ellas con facilidad.
Le molestaban ciertos detalles, en su opinión inadmisibles, por parte de sus amigas. En el colegio no había ningún problema entre ellas. Eran inseparables, pasaban juntas casi todas las tardes después de clase. Pero desde la llegada al instituto todo era diferente. Parecía que se hubieran vuelto idiotas de repente.
Solo pensaban en chicos. Incluso las que no flirteaban directamente dejaban escapar risitas tontas cuando un chico guapo les decía algo agradable. Cloe no recordaba la última vez que se habían reunido todas, como antaño. Estaban demasiado ocupadas pensando en sus novios las que lo tenían, y estrategias para conseguirlo las que no.
Pensaba que la situación no podía empeorar, pero se equivocaba. Aquel lunes, cuando entraba en el aula acompañada de dos de sus amigas, Manu se le había acercado. Era el chico más mono de la clase, y le había sugerido ir al cine con él. Solos, pero juntos. Cloe estaba aterrada; pero no quería quedar como una pringada delante de las chicas, y había aceptado. Ver sus expresiones de envidia había resultado de lo más satisfactorio, pero ahora debía enfrentarse a las consecuencias.
No quería acabar como ellas, no estaba dispuesta a dejar todo de lado para pensar solo en un chico. Al recordar lo mal que se había sentido cuando algunas de las de la pandilla se alejaron de ella, se reafirmó en su decisión. No iba a permitir que aquello le pasase a ella. Manu no valía lo mismo que toda una infancia de juegos y confidencias.
La esperaba en una esquina de la calle. Acababa de salir de su clase de música, y aún llevaba la mochila a cuestas. Como ella, Manu revelaba a través de su postura cierta incomodidad. Cloe no le dio importancia; supuso que las citas ponían nervioso a cualquiera, y él no podía saber que su encuentro estaba destinado al fracaso.
Se saludaron con dos besos. El chico olía muy bien, y a pesar de la ropa informal, conservaba cierta elegancia. Cloe ya había pensado lo que le iba a decir para cortar de raíz el problema. Pero de pronto pensó que sería mejor pasar un buen rato en el cine, para que su encuentro no hubiera sido en vano.
No pudo concentrarse ni un segundo en el filme. Cloe no era tan ingenua como para no saber lo que pasaba cuando una joven pareja iba al cine. Lo había sabido por sus amigas, más experimentadas. Estaba segura de que Manu intentaría un acercamiento, pero sus expectativas no se cumplieron. No sabía si sentir rabia o alivio. Por un lado, le facilitaba la tarea de cortar antes de que fuese demasiado tarde; por otro, había contado con vivir una nueva experiencia emocionante y que no implicaba riesgo alguno de comprometerse con Manu. Pero todo se había visto reducido a una tarde de cine como otra cualquiera.
Abandonaron la oscuridad de la sala para salir a la penumbra nocturna. Comentaban detalles intrascendentes de la película que acababan de ver; Cloe se limitaba a asentir y sonreír, en parte porque no había hecho caso del filme, pero también porque buscaba el momento apropiado para confesar sus pensamientos a Manu. No quería hacerle daño. Era un buen chico, muy simpático. Si quisiera estar con alguien, sin duda lo elegiría a él.
Entraron en una cafetería para tomar un chocolate caliente; era lo que más apetecía tras soportar el frío de las calles.
Manu seguía hablando de cine. Comentaba otra película del mismo director que había visto meses atrás. Cloe tomó aire para interrumpirlo:
—Estoy hablando demasiado, y debería ser sincero —dijo de pronto el chico. Cloe soltó de golpe todo el aire, y solo acertó a farfullar:
—¿No has sido sincero?
Manu sonrió, nervioso.
—Bueno, ni sí ni no. Verás, me pareces una chica muy guay, ya sabes... maja, y también guapa. Pero quiero dejar claro que no... bueno, que no busco salir con nadie.
Cloe sintió como unas mil toneladas de aprensión abandonaban su espalda. Se le escapó una carcajada de incredulidad y alivio. Confuso, Manu la miró inquisitivo.
—¿Lo dices en serio?
—Espero que no te moleste —añadió él con rapidez—. Es que no me apetece estar con nadie, ya sabes, como novios. Lo que pasa es que casi todos mis amigos están pensando en chicas, y me retaron a quedar con alguna. Soy un idiota.
Cloe sonrió.
—Un poco, si —asintió, amistosa. A continuación le tendió una mano al chico—. Y no sabes cómo te entiendo, hermano. ¿Amigos?
Manu se relajó, y esbozó a su vez una sonrisa mientras le estrechaba la mano.

—Amigos.




sábado, 11 de febrero de 2017

Con los cinco ojos de un animal

¡Feliz sábado!

Tengo buenas noticias; esta semana he sabido que mi relato "La Corona imperial" ha sido aceptado dentro de la antología "La otra fantasía medieval" que organiza Laura Morán (pincha aquí si quieres echar un vistazo al proyecto). Me hace mucha ilusión no solo porque mi historia haya gustado, sino por lo que defiende dicha antología: no por estar basada en una época medieval la historia ha de mostrar una sociedad machista, ya que nuestro trabajo como autores de fantasía es, precisamente, imaginar otros mundos y realidades diferentes a los nuestros.
Aún va a pasar un tiempo hasta que esta antología vea la luz, pero seguiré informando conforme vaya habiendo novedades.
Mientras tanto, seguiremos con los retos de ELDE. Hoy traigo el 34: "Escribe un relato de un animal como protagonista que actúa de narrador contando las costumbres raras que tienen los humanos".
No hace falta ser un animal para darse cuenta de que los humanos somos unas criaturas muchas veces absurdas, por lo que el punto de vista crítico no ha sido demasiado difícil de conseguir. Lo peor, quizá, ha sido no irme por las ramas, ya que tenemos rarezas para llenar un manual entero. Por suerte, lo he conseguido, y la reflexión de este animal cabe en este post.
¡Pasen y lean!

EL SER MÁS EXTRAÑO

Desde que llegué a esta estrambótica madriguera no he podido dejar de asombrarme. Mis captores dicen que el espécimen exótico soy yo, el bicho raro con una pata y cinco ojos; como si los oculocojos fuéramos seres de otro planeta. Lo cierto es que hemos vivido durante miles de años en las profundidades terrestres. Pero claro, que sabréis vosotros.
Me irrita esa actitud de suficiencia y supuesta superioridad que mostráis hacia mí. Vamos a ver, humanos del mundo, ¿os habéis visto bien?
Y no, no me refiero a esa pinta rara que tenéis, aunque vuestro aspecto deja mucho que desear. Os empeñasteis en caminar a dos patas, es normal que os duela la espalda. Y lo que es peor, casi no tenéis pelo, y tenéis que cubriros con esas cosas feas e incómodas que llamáis ropas. Por cierto, aprovecho para informaros de que con ellas estáis ridículos; me hace mucha gracia vuestra apariencia, o me la hacía hasta que me di cuenta de que algunas de esas prendas están hechas con pieles de otros animales.
Estáis mal de la cabeza, humanos. He notado que os gusta pasar varias horas al día delante de esas pantallas luminosas, en las que aparecen otros humanos haciendo cosas que a vosotros os gustaría hacer, o que os asustan, o que os hacen reír. Cuando no estáis delante de esa pantalla, miráis una más pequeña, que podéis llevar con vosotros a todas partes. Os encontráis con otros humanos, y en vez de comunicaros entre vosotros, fijáis la mirada vidriosa en ese aparato. Tengo una sugerencia para vosotros: ¿qué tal si apagáis la pantalla y os fijáis en el mundo real?
Vale, me diréis que muchos querríais hacerlo, pero no podéis porque tenéis que trabajar. Le llamáis trabajar a pasar las horas de luz dentro de un edificio para hacer lo que os manda otro humano, al que llamáis jefe. Si no os gusta, os quejáis a otros humanos en la misma situación, en vez de al que os da las órdenes. No es por nada, pero que yo sepa, ningún otro animal se comporta así. Vosotros os creéis los más inteligentes, pero lo cierto es que sois unos pardillos. También el jefe lo es; el de esta madriguera está siempre preocupado porque no le roben su dinero unos enemigos llamados Hacienda. Deben ser terroríficos, con muchos colmillos y garras afiladas.
Que conste que este jefe no me da ninguna pena; por su culpa estoy metido en una jaula, cuando no he hecho nada malo. Este es otro de los comportamientos humanos que me sacan de quicio: ¿quiénes os creéis que sois para decidir sobre mi vida, o sobre la de los demás animales? Según vosotros, tenéis más derechos porque podéis hablar, leer, o contar historias. Os diré algo que os sorprenderá: los demás animales tenemos nuestra propia vida. Pensamos, sentimos, nos comunicamos; y si nos enjauláis contra nuestra voluntad, o nos claváis una espada, sufrimos. Sí, no disimuléis ahora, ya he visto lo que hacéis con los toros. Y, con toda la sinvergonzonería del mundo, decís que eso es arte; a mí no me engañáis, cuando solo uno de los combatientes elige pelear, es tortura.
¿Estoy siendo muy duro? Tal vez. Puede que haya humanos buenos, más compasivos que sus congéneres; sé que no está bien generalizar. Si sois de estos, os pido perdón y siento que tengáis que aguantar las barbaridades de semejantes desalmados. Me da mucha rabia, y seguro que a vosotros también.
Pero no os preocupéis. Ya he visto dónde guardan las llaves mis captores. No tienen ni idea de la fuerza que podemos llegar a tener los oculocojos. Esta noche romperé los barrotes de la jaula y me largaré de aquí.
Pronto volveréis a tener noticias mías, así que sed listos por una vez y procurad ser buenos, no vaya a ser que me encuentre al acecho...